Síguenos
Facebooktwittergoogle_plusyoutubeFacebooktwittergoogle_plusyoutube
En nuestra tienda
Productos destacados

La breve historia de Cirilo, el pequeño gorrión | Experiencias en El Retiro

Categoría
El Pulmón
MEDIOAMBIENTE, NATURALEZA, FLORA Y FAUNA.

La breve historia de Cirilo, el pequeño gorrión

#Experiencias #Mindfulness #Gorriones #ViveElRetiroCuidaElRetiro

Voy a contaros algo que me sucedió hace unos días. Esta es una historia en clave personal que he querido dejar reposar un poco en mi corazón antes de darle forma definitiva. Que mi relación con los pájaros me ha cambiado es algo que ya sospechaba y que el otro día confirmé. O al menos ha contribuido muy positivamente en mi desarrollo personal y espiritual. Por eso he decidido contar esta historia, porque creo que hay varios mensajes esenciales en este relato.

Cirilo sobre un tutor

Cirilo sobre un tutor

Un relato que incluye pena, tristeza e híper-realidad. Una historia gráfica y explícita. Pero al mismo tiempo una historia de presencia, espiritualidad, iluminación y esperanza. Una historia sobre el principio de no permanencia de las formas que a todo afecta. Una historia de muerte y de vida eterna.

Encaminado hacia mi paseo diario por el parque por la calle Doce de Octubre, encontré un trabajador de la construcción que me pareció, por su acento, que era del este de Europa. Tenía algo en las manos y lo estaba depositando con gran delicadeza sobre un tutor –uno de esos cilindros de madera alargados que se colocan junto al tronco de algunos árboles jóvenes para conferirles rigidez y asistirles estructuralmente en su crecimiento–. Lo que el hombre sostenía con tanto mimo era un pollo de gorrión desarrollado sólo parcialmente. Debió de haberse caído del nido, y por lo que me comentó, estaba en la acera. Lo estaba colocando ahí para darle visibilidad por si los padres venían a rescatarlo.

Yo le dije:
– Tiene muy pocas posibilidades.
El contestó:
– Muy pocas.
Y añadió:
– Te lo quieres llevar?

Inmediatamente pensé: «Sí; lo llevaré al parque para que al menos no muera solo en esta acera recalentada, quizá víctima de la deshidratación que debía de tener ya o acaso devorado por un gato, un perro, una urraca, una rata o cualquier otra alimaña». Rápidamente contesté:

– Sí, me lo llevo al Parque. Ya veré qué se me ocurre, pero mejor que aquí, estará.

Por entonces, Cirilo ya me había robado el corazón. Lo bauticé así porque Cirilo se llamaba el jilguero que teníamos en casa cuando éramos pequeños. Siempre me conmovió el amor de mi padre y de mi tío Lucas por los pajaritos y que siendo niño nunca llegué a entender del todo. Bueno, hace ya tiempo que lo entiendo, y perfectamente. Ahora sé también que los pájaros son grandes maestros.

Mientras escribo esto no puedo dejar de rememorar el gesto del pequeño Cirilo. Había en él agotamiento, pero a la vez una casi perturbadora serenidad, como si no tuviese miedo. Creo que efectivamente no tenía miedo. Me encontré asistiendo a una situación de pura entrega, de pura presencia, de pura consciencia. Ese ser divino de unos pocos días de vida parecía saber que iba a morir pero estaba totalmente sereno. Ni un ápice de agitación o estrés. Algo brutal que deja el miedo de la mente humana en una sonrojante posición de evidencia. Me emociono al recordarlo. Es difícil sentir, a la vez, tanta ternura y tanto respeto. Los gorriones son maravillosos y sus crías son especialmente deliciosas. Verlo apagarse fue tan aleccionador como tremendo.

Por entonces, Cirilo ya me había robado el corazón. Lo bauticé así porque Cirilo se llamaba el jilguero que teníamos en casa cuando éramos pequeños.

Cuando lo sostuve en mis manos, al principio, lo primero que sentí fue la vida que quedaba en él. Se agarraba con fuerza a mis dedos para afrontar los vaivenes de mi paso, manteniéndose erguido, en un fenomenal alarde de dignidad y pese a sus escasas fuerzas.

Rápidamente comencé a pensar en mis opciones para salvarlo. Consideré, primero, dejarlo en las plantas vivaces que hay en la pradera que está frente al Palacio de Cristal, donde me consta que las aves acuáticas del estanque desovan, idea que descarté enseguida al darme cuenta de que las energías de Cirilo estaban decayendo por momentos.

En el monumento al doctor Cortezo

En el monumento al doctor Cortezo

Pasando junto al monumento al doctor Cortezo, y para que se aliviase un poco de mi calor corporal, puse a Cirilo a los pies del niño de la escultura, en la roca fresca. Creo que casi inconscientemente asocié los talentos y logros de este ilustre médico y la belleza de esta estatua, obra del gran Miguel Blay, que evocaba en mí el espíritu sanador del galeno, con las posibilidades de recuperación de Cirilo. Lo sé, fue mucho asociar… Por entonces Cirilo tenía aún un aspecto moderadamente saludable.

Me emociono al recordarlo. Es difícil sentir, a la vez, tanta ternura y tanto respeto. Los gorriones son maravillosos y sus crías son especialmente deliciosas. Verlo apagarse fue tan aleccionador como tremendo.

Lo siguiente que pensé fue aplicarle in situ unos primeros auxilios para en caso de que reaccionase, llevármelo a casa e intentar sacarlo adelante. Busqué la fuente más cercana para obtener un poco de agua fresca que suministrar a Cirilo. Además, como siempre llevo frutos secos en la mochila para dar de comer a los otros pájaros, pensé que podría hacer una papilla energética masticando yo mismo unas almendras para dárselas en un puré. Pero todos mis intentos fueron en vano. No conseguí darle agua ni alimento. Ni con los dedos ni con mi propia boca pude traspasar su pico que encontré firmemente sellado. Supe entonces que estaba asistiendo a un acto de entrega. Cirilo comenzaba, serenamente, a irse.

Cuando lo sostuve en mis manos, al principio, lo primero que sentí fue la vida que quedaba en él. Se agarraba con fuerza a mis dedos para afrontar los vaivenes de mi paso, manteniéndose erguido, en un fenomenal alarde de dignidad y pese a sus escasas fuerzas.

Fracasado el primer intento decidí llevarlo a la zona donde habitualmente doy de comer a los pájaros, con la –ya débil– esperanza de que se activase al acercarlo a otros gorriones. Por el camino, ya detrás del Palacio de Cristal en dirección noroeste, contemplé un glorioso amanecer a través de las paredes transparentes del palacio. El sol no daba aun de lleno. Los primeros rayos de sol que el follaje y la propia estructura del edificio permitían pasar incidían de forma desigual, creando un laberinto en 3D de luces y sombras. Decidí exponer a la luz a Cirilo unos segundos, posicionándolo en uno de los haces de luz con la esperanza de que el sol lo reanimase; pero por entonces, aunque –increíblemente– aún se mantenía de pie, tenía los ojos cerrados ya de forma casi permanente.

El Palacio de Cristal
El Palacio de Cristal
Junto al Palacio de Cristal
Junto al Palacio de Cristal

Aligeré pues el paso para llegar cuanto antes a mi destino, donde estaba mi ultima esperanza. Rápidamente me afané en convocar a los gorriones a la palma de mi mano, donde coloqué a Cirilo, que ya apenas se mantenía en pie. Rápidamente conseguí mi objetivo. En unos minutos tenía otros gorriones, junto a Cirilo, en mi mano. Por supuesto también asistieron mis amigos los carboneros. No creáis que los pajaritos, como es habitual, cogían su trozo de almendra y se iban. Todos miraron, durante al menos un instante, a Cirilo, antes de agarrar su premio, algo que llamó mi atención; pero esto tampoco funcionó. Quizá condicionado por la idea de que a nadie le gustaría morir solo, pensé que sería bonito que en sus últimos instantes estuviese tan cerca de los de su especie. Por entonces Cirilo ya se estaba apagando, pero no iba a morir solo. Esta idea me llenaba de paz.

No conseguí darle agua ni alimento. Ni con los dedos ni con mi propia boca pude traspasar su pico que encontré firmemente sellado. Supe entonces que estaba asistiendo a un acto de entrega. Cirilo comenzaba, serenamente, a irse.

Ya moribundo lo acerqué a mi pecho. Sentí perfectamente el agitadísimo latido de su micro corazón y sentí, también perfectamente, cómo ese tempo frenético caía en picado hasta detenerse. Entonces puse a Cirilo sobre el banco, donde con un ultimo estertor, se apagó. Pude ver claramente como su ser, su esencia, desaparecían, dejando solo su forma. Al igual que había sucedido antes, no percibí en ningún momento rastro alguno de sufrimiento, angustia o miedo. Es como si Cirilo me estuviese diciendo: «no tengas miedo, no pasa nada, todo está bien». Y yo sentí otra vez una profunda paz.

El cuerpo de Cirilo en su tumba
Cirilo sin vida
La tumba de Cirilo
La tumba de Cirilo

Decidí que le iba a hacer unas exequias que ya las quisiera yo para mí. Así que como a solo unos pasos de donde estábamos se encuentra el roble más bonito del Retiro, resolví hacerle una tumbita al pie del árbol. En el suelo fresco recién regado hice, con ayuda un palo, un pequeño parterre funerario para Cirilo. Alisé un rectángulo tamaño DINA3 y practiqué un hoyo en su centro, donde acomodé el cuerpecito del gorriato. Lo cubrí e hice un montículo como en las películas. Con dos palos hice una C, que parecía griega.

Quizá condicionado por la idea de que a nadie le gustaría morir solo, pensé que sería bonito que en sus últimos instantes estuviese tan cerca de los de su especie. Por entonces Cirilo ya se estaba apagando, pero no iba a morir solo. Esta idea me llenaba de paz.
La última morada de Cirilo

La última morada de Cirilo

Me alejé unos pasos para ver cómo el sol incidía en la tumba y vi una escena completa de paz y belleza, con el roble y esa luz mágica que se abría paso entre el ramaje para iluminar la última morada de Cirillo. Otra vez más volví a sentir una profunda paz. Pensé que, al haberlo enterrado no sólo al pie del árbol, sino entre sus raíces, pronto Cirilo sería parte de ese roble divino; pronto sería ese mismo roble divino. Ese magnífico árbol que antes había sido sólo una semilla. Ese magnífico árbol que había sido tierra, sol y agua y que ahora también era Cirilo. Ahora el roble se llama Cirilo, porque es Cirilo, el inmortal.

Este artículo está dedicado a mi padre, a mi hermano Iñigo y a la memoria de mi tío Lucas.

Textos e imágenes por Antonello Dellanotte | ©2016 Antonello Dellanotte | ©2016 RetiroExperience | Todos los derechos reservados
PUBLICIDAD

BANNER-CUADRADO-LA-FOTO-DEL-AÑO

Antonello Dellanotte
antonello@retiroexperience.com

Born in Madrid, 1968. Photographer, writer, designer, musician. Degree in Law 1991 Over 20 years working in Advertising, Branding and Corporate Communications. Currenty CEO at www.retiroexperience.com

8 Comments
  • Paulina
    Posted at 16:07h, 03 Septiembre

    Hey, that’s a clever way of thikning about it.

  • Niko López
    Posted at 10:49h, 18 Agosto

    Hola Antonello
    Te siga hace tiempo de manera particular.
    Pero te kiero felicitar por tu historia como particular, pero también como Responsable de Especies de la Sociedad Española de Ornitología (SEO/BirdLife), donde hemos declarado al gorrión ave del año este 2016.

    Un saludo y gracias por compartirla

  • SOL SOTO
    Posted at 20:47h, 11 Agosto

    ¡Qué relato tan conmovedor y qué bien escrito y descrito! Me ha emocionado mucho (he terminado con los ojos mojados). Cuando vaya al Retiro, iré a dejar unas florecillas al pié del roble Cirilo. Gracias por tan bella acción y por habérnosla contado.

  • Roberto Hernandez
    Posted at 16:30h, 08 Agosto

    Antonello,la proxima vez puedes llevar al polluelo a GREFA que en un momento lo controlan los veterinarios y lo pasan a la zona de huérfanos una vez lo hayan sanado y desparasitado.

    Una vez crece a las 2-3 semanas lo sueltan para que viva en libertad.

    Yo lo hice hace 1 semana tras encontrarme 2 crías de verdecillo en mi jardín. Las alimenté durante 1 día y medio y las llevé allí. Y están estupendas. En una semana las sueltan.

    Siento la muerte de Cirilo, pero la próxima vez no dudes en llevarlo a GREFA.

    http://www.grefa.org/

    Y aquí tienes la guía de como cuidarles en casa, absolutamente detallada:

    http://www.grefa.org/esta-en-tu-mano/como-cuidar-a-un-pollito-en-casa

    • Antonello
      Posted at 04:26h, 09 Agosto

      Muchas gracias, Roberto. La verdad es que desconocía este proyecto y te agradezco mucho la información, a la que voy a dar eco. Realmente Cirilo estaba muy mal; creo que vivió conmigo no más de una hora. Había hecho una noche de mucho calor y presumo que estaba totalmente deshidratado. Estaba muy débil desde el principio, ya sin opciones, me temo. No dudaré en acudir a GREFA en otra ocasión si se presenta. Un abrazo!

error: Contenido protegido por derechos de autor